El sociólogo e integrante del PNUD Chile asegura que la desigualdad del ingreso es insostenible, no sólo en Chile, sino en toda América Latina. Pero plantea también que más insostenible aún es la desigualdad en la dignidad de los ciudadanos. Y en eso, advierte, las políticas públicas no son neutrales.
Por Javiera Olivares, La Nación Domingo, 25 de julio de 2010
Tras la discusión que se dio en el marco del seminario “La desigualdad, formas de legitimación y conflicto en las sociedades latinoamericanas”, financiado por la Fundación Ford y organizado por la Universidad Alberto Hurtado y la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, el integrante del Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Chile y doctor en sociología Pedro Güell analizó las causas de la desigualdad en América Latina. Haciendo un repaso por las acciones de estados y sociedades civiles frente a la situación de inequidad, el académico conversó con LND y aseguró que han sido los sistemas políticos de los países latinoamericanos los grandes reproductores de una de las asimetrías más fuertes del continente: la que hay entre oligarcas y ciudadanos. Aquí lo explica.
-Tomando en cuenta la realidad actual de Chile y América Latina, ¿cómo describiría la desigualdad social existente?
-Para decirlo en fácil, es insostenible. Según muestran los datos, somos el continente con la peor distribución de ingresos en el mundo. Pero más insostenible aún que la desigualdad distributiva de los ingresos es la desigualdad en la dignidad de los ciudadanos que surge de la herencia cultural y de las relaciones de poder entre grupos sociales. En América Latina, las personas no valen lo mismo. Si la desigualdad distributiva amenaza las condiciones de vida de los ciudadanos y sus oportunidades de desarrollo, la desigualdad de dignidades afecta al sentido mismo de sus vidas y a la posibilidad de ser tratados como iguales.
-¿Cuál es la diferencia entre esas dos maneras de observar la desigualdad?
-Se trata de una diferencia muy importante si queremos entender cuáles son los desafíos en nuestro continente. La desigualdad distributiva es el resultado de un cálculo estadístico que compara externamente la dotación de recursos de las personas consideradas individualmente. La desigualdad sociocultural, en cambio, se refiere a las asimetrías de todo tipo que se dan en las relaciones, ya sea entre individuos o entre grupos, en razón de una suerte de identidades ontológicas que les impone la estructura social. De lo que se trata aquí no es de cuánto tiene cada persona, sino del tipo de relaciones -de dependencia, de sumisión, de desprecio, de violencia, de abuso o de invisibilidad- que se establece entre las personas y entre los grupos. Así ocurre en las relaciones entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres, entre blancos, negros e indígenas, entre heterosexuales y homosexuales. Lo que está en juego es la posibilidad misma de ser, de existir como un ser humano dotado de la dignidad necesaria para vivir con sentido propio y con reconocimiento de los demás.
-¿Cómo podrían enfrentarse esas diferencias en un continente con múltiples identidades étnicas y sociales?
-Diversas investigaciones muestran que en América Latina la definición de las identidades de las personas y grupos, y con ello sus dignidades, procede más de las relaciones que se establecen en la vida cotidiana que de lo que propone y organiza el derecho, las instituciones formales o la posesión de ingresos y bienes. Esto nos dice que no basta con mejorar la distribución o con la formulación de igualdades formales a través de la ley. Hay evidencia suficiente de que, si usted mejora los bienes a una persona perteneciente a una etnia originaria, aunque ascienda en términos socioeconómicos, seguirá siendo discriminada en función de la pretendida menor dignidad de su identidad. Hay que transformar la estructura misma de las relaciones. Esto es una tarea larga, difícil, y no hay recetas probadas.
-¿Cómo influyen las políticas públicas en ese proceso?
-Toda política pública, lo quiera o no, se funda en una imagen y en una valoración de las identidades de sus beneficiarios y de las relaciones entre ellos. Con ello puede contribuir en algún grado a cuestionar y a transformar las identidades y relaciones de los actores que participan en el espacio de esas políticas. Pero también puede contribuir a reforzar o reproducir las asimetrías preexistentes. Desde la perspectiva de la desigualdad sociocultural, las políticas públicas no son neutrales.
-¿Qué rol juega en este desafío la política?
-Los sistemas políticos latinoamericanos, aquejados de un déficit permanente de ciudadanía real, tienen un efecto importante, porque tienden a crear una asimetría entre la legitimidad del poder de la clase política y la del poder de los ciudadanos. Pareciera que el poder de la clase política fuera de una dignidad superior al poder de los ciudadanos. Esto tiene mucho que ver con que el poder de los representantes procede más de sus identidades corporativas -iglesias, empresariado, regiones, familias, partidos- que de los ciudadanos mismos. Por eso el vínculo entre la clase política y los actores sociales es tan precario. No creo arriesgar demasiado si digo que los sistemas políticos de los países latinoamericanos han sido, en muchos casos hasta hoy, uno de los grandes reproductores de una de las asimetrías que atraviesan el continente: aquella entre oligarquía y ciudadanía. //LND
fuente: http://www.lanacion.cl/pedro-guell-somos-el-continente-con-la-peor-distribucion-/noticias/2010-07-24/190015.html
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