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Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas

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¿De qué nos sirve un estado que promueve la participación de las mujeres en la vida pública, cuando su presidente, otras autoridades de gobierno y un alcalde o el pueblo en la calle (que grita que tal o cual es un hijo de puta) banalizan y cuestionan a sus oponentes (hombres y mujeres) utilizando estereotipos femeninos o cuando justifican el asesinato de mujeres aduciendo el celo y el enojo?

A pesar de todo el tiempo y esfuerzo de los movimientos de mujeres y de las políticas públicas por terminar de una vez y para siempre con la discriminación contra las mujeres, hay quienes no se acostumbran, no quieren ni aceptan verlas, especialmente a las más jóvenes, en la calle, en lo público, creando, participando, demandando y luchando por sus derechos y por las de las otras y otros. Son quienes escupen descalificaciones, vociferando su ignorancia a través de ideas manoseadas y añejas que dan cuenta dolorosa e indignante de un patriarcado aún vigente aquí, en nuestras cabezas, corazones y acciones.

Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas son palabras usadas cotidianamente por hombres y mujeres para referirse a “aquellas” que no se someten, que no callan; a quienes disgustan y molestan o a quienes se busca denostar asociándoles a “lo femenino” (hijo de puta o “niñita” por ejemplo).

Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas son voces esgrimidas cada vez que es necesario “poner en su lugar a aquella que osa salirse de lo esperado para una mujer”. La sanción al atrevimiento de desmarcarse de lo impuesto toma la forma de violencia de género, simbólica, física, sexual, económica.

El desacuerdo con la posición de la mujer en la sociedad no se expresa en el mundo de las ideas sino que, de modo cobarde toma otro rumbo, encarnándose en sus cuerpos, forzándolas a la conformidad a ciertas formas comportamiento y a ciertos estereotipos de belleza, y a una moral sexual que dicotomiza lo femenino entre lo virginal y lo pecaminoso. Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas.

El desacuerdo de ese modo engendrado marca los cuerpos de las mujeres, denigrándolos, humillándolos, golpeándolos y matándolos. Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas.

El desacuerdo con las mujeres no es político, es ontológico. La mujer es cuestionada por el mero hecho de ser mujer. Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas.

¿De qué nos sirve hablar en contra de la violencia que daña y mata a las mujeres cuando en las palabras (que engendran acciones) las humillamos y matamos socialmente, cuando son las propias autoridades que arrojan las piedras con las que se las lapida y, luego, cuando se les interpela, se excusan con bromas, sonrisitas o meas culpas que sólo evidencian su desprecio y rechazo a las mujeres? Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas.

¿De qué nos sirve un estado que promueve la participación de las mujeres en la vida pública, cuando su presidente, otras autoridades de gobierno y un alcalde o el pueblo en la calle (que grita que tal o cual es un hijo de puta) banalizan y cuestionan a sus oponentes (hombres y mujeres) utilizando estereotipos femeninos o cuando justifican el asesinato de mujeres aduciendo el celo y el enojo? Fáciles, putas, locas, brujas, tontitas, bonitas, maracas.

Debbie E. Guerra Maldonado (Red de Mujeres de Valdivia, docente Universidad Austral de Chile y ex alumna del Internado Nacional Femenino “Carmela Silva Donoso”)

14/01/2012
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